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La economía de la felicidad


La palabra economía proviene del latín y significa “administrar la casa”. Dentro del sistema económico que impera hoy, además de trabajar para comprar y pagar bienes y servicios y mantener nuestro hogar, existe un fuerte estímulo al consumo como sinónimo de placer. Sin embargo, ¿somos más felices acumulando objetos e intentando sostener todo lo que tenemos?, ¿dónde encontramos nuestro bienestar? También se suele decir que cuanto menos tenemos, más se nos simplifica la vida. ¿Cuál será el estado ideal? Por suerte existe una nueva rama de la economía que nos permite entender la diferencia entre bienestar económico y felicidad.

Escuchá la columna de Matías Tombolini

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En el comienzo de la historia de la humanidad, las personas se relacionaban e intercambiaban mercancías por instinto de supervivencia y con el fin de satisfacer sus necesidades básicas. Luego, con el desarrollo de la sociedad, esta modalidad fue cambiando. Así en los primeros tiempos existía el trueque, la forma más simple de intercambio en una economía que evolucionó hasta llegar al capitalismo actual. Dentro de este sistema impera el administrar la casa, comprando y pagando bienes y servicios, y existe un fuerte estímulo al consumo como sinónimo de placer.

A través de los siglos, especialmente en el XX y en el que estamos transitando, las formas de producción fueron mejorando y trajeron consecuencias como el aumento de la población y mayor esperanza de vida. A medida que las civilizaciones fueron progresando, el intercambio ya no se hizo para satisfacer necesidades básicas, si no que los individuos comenzaron a buscar un mayor confort, entonces el mercado no solo ofreció bienes básicos sino que también comenzó a brindar los de lujo, como una forma de diferenciación de los estratos sociales.

En la actualidad es el propio mercado el que busca generar necesidades en las personas para que demanden todo aquello que sus ingresos les permita, o no. Al mismo tiempo es probable que nos demos cuenta que, probablemente, muchas de las cosas que consumimos no nos resultan realmente necesarias o bien no nos reportan la máxima utilidad.

¿Quién es más feliz?

Los objetos de estudio que acompañaron la noción de la economía propiamente dicha fueron variando de acuerdo al marco histórico y necesidades de las diferentes épocas. ¿En qué momento nos encontramos ahora? Actualmente una de las ramas de estudio destacada es la conocida como Economía de la Felicidad.

La Real Academia Española define a la felicidad como “estado de ánimo que se complace en la posesión de un bien”. Tomando la idea de este concepto podríamos pensar que a mayor ingreso mayor será nuestra felicidad porque podremos poseer todo aquello que queramos. Pero esto nos estaría diciendo que solo aquellos que se encuentran en la punta de la pirámide pueden ser más felices que el resto de la población Muchos estudios han demostrado que la plata no produce la felicidad en un ciento por ciento, sino que hay otros factores cualitativos, que contribuyen a alcanzar la meta.

La sociedad actual vive en una vorágine sin precedentes, donde las cosas se quieren al instante, donde el consumir y tener están a la orden del día, donde los bancos ofrecen múltiples y tentadores descuentos. Parecería que los valores se han perdido y todo pasa por lo externo, que lo económico no se toma como una vía “para” sino que se volvió el objeto a alcanzar.

La forma en la que influye la economía en la felicidad varía de acuerdo a los ingresos propios y en qué punto de la curva de ingresos nos encontremos; a los ingresos relativos, es decir, compararse con aquellos que perciben más/menos que nosotros y, también, a los cambios en los gustos, usos y costumbres de cada época.

¿Qué nos mejora la vida?

La respuesta no es nada sencilla, quizá estas preguntas nos permitan reflexionar sobre el tema. Las primeras: ¿del 1 al 10 cuál es nuestro nivel de felicidad?, ¿y nuestro nivel de bienestar económico? En economía se suele relacionar la palabra “bienestar” a la de “felicidad”. Lo cierto es que, como mencionamos anteriormente, la plata no hace la felicidad en un ciento por ciento, sino que hay otros factores en la vida de todos nosotros que nos influyen como la familia, amigos, pareja, salud, trabajo.

Estudios realizados en Argentina que analizan el vínculo entre economía y felicidad han arrojado resultados sorprendentes. Supongamos que percibimos un aumento en el sueldo, por ende mejoran nuestros ingresos y, obviando el tema de la inflación de dos dígitos, ¿nos sentiríamos más felices?, ¿ mejoraría nuestro bienestar económico? Se comprobó que los aumentos en los niveles de ingreso incrementan, inicialmente, los niveles de felicidad pero que esa dicha no logra mantenerse en el tiempo.

Un ejemplo típico tiene al auto como protagonista. Muchas veces soñamos con tener un auto lujoso, pero lo cierto es que la utilidad que reporta frente a uno que no es de alta gama es la misma. Es decir, ambos sirven para trasladarnos. El primer shock de felicidad que tenemos se dispersa en el tiempo y pasamos a sufrir las abultadas cuentas que debemos pagar para su mantenimiento.

En el estudio realizado, se le pidió a los encuenstados que definan su felicidad entre un número del 1 al 10. Y luego,¿qué pasaría con su felicidad si sus ingresos comenzaran a elevarse, es decir, duplicándose, luego cuadruplicándose y finalmente multiplicándose por 10? Los resultados del estudio mostraron que, en promedio, la felicidad inicial era de 7 puntos y la final, una vez que llegaba a multiplicarse por 10 el ingreso, era de 8,5. Es decir, la felicidad había aumentado en 1,5 puntos.

Antes de comenzar la encuesta se indagó a los participantes sobre cómo evaluaban su felicidad si sus ingresos se duplicaban y luego se cuadruplicaban. Las respuestas fueron sorprendentes: la intensidad de la felicidad no fue aumentando, en forma proporcional, con los niveles de ingreso. Es por eso que cuando se multiplicó por 10 el ingreso, el nivel promedio de felicidad no alcanzó los 10 puntos. Con esto se demuestra que no todo en la vida pasa por el dinero, sino que hay otras cosas que generan bienestar . En el siguiente cuadro se puede apreciar dicha evolución.

Otros relevamientos han demostrado que lo relativo a la problemática laboral (ambiente de trabajo, largas jornadas laborales) y el desempleo influyen negativamente en la felicidad. La elección de cuántas horas trabajamos siempre implica cuánto tiempo de ocio estamos dispuestos a sacrificar, normalmente esta elección se hace en función de cuánto nos pagan por este sacrificio. Lo llamativo es que el estudio previamente mencionado mostró que las personas que habían incrementado sus ingresos y por lo tanto, su bienestar económico, manifestaban niveles de felicidad inferiores como consecuencia de tener que pasar más tiempo en la oficina. Es que el aumento en la cantidad de horas trabajadas implicaba la correspondiente reducción en el tiempo dedicado al ocio.

Esto nos lleva a revisar nuestra idea de bienestar económico que muchas veces se confunde con felicidad. Creemos que por tener mayores ingresos nuestra felicidad aumentará, pero si nos preguntamos sobre si realmente somos felices, probablemente la respuesta estaría vinculada con factores relacionados a los afectos y a la salud. Es evidente que una mejora en el ambiente laboral, de la mano de elevados ingresos, sin duda que proporcionará mayores niveles de felicidad vinculado al mayor bienestar económico.

Mucho se puede teorizar sobre como vincular variables de carácter económico y la forma que tenemos los seres humanos de asignar prioridades entre ellas. Sin embargo, establecer un parámetro uniforme sobre qué es lo que nos hace feliz, parece una tarea sobre la que aún hay mucho por desarrollar. A pesar de esto, hay una fórmula popular que bien la resume: salud, dinero y amor.

¿Sabías qué… experiencias como las vacaciones reportan mayor bienestar emocional que la compra de algún bien de valor similar?

Felicidad interna bruta

En 1974, en Bután (Asia) surgió el concepto de felicidad interna bruta: el desarrollo de un país también debía ser medido por la felicidad de sus habitantes. Observando otros países, el rey de tan solo 18 años, se dio cuenta que todos se esforzaban por el crecimiento económico pero que no todos tenían una vida confortable. Entonces, intentó cambiar la filosofía, buscando el equilibrio
entre el desarrollo económico, el bienestar emocional y espiritual de su gente.

La paradoja de Easterlin

Uno de los primeros estudios asociados a la economía de la felicidad se le adjudica a Richard Easterlin. En su ensayo de 1974, desarrolló lo que se conoció como la paradoja de Easterling. El economista analizó que el incremento de la riqueza en los Estados Unidos, entre 1945 y 1974, no había generado un aumento proporcional en la tasa de felicidad de su población. Una de sus conclusiones fue que, si bien en los estratos con mayores ingresos es posible encontrar personas más felices en comparación con los estratos de ingresos más bajos, una vez que la población cubre sus necesidades básicas una variación positiva en su riqueza no genera un aumento equivalente en su felicidad. Es decir, a medida que los ingresos aumentan la utilidad del dinero, que reporta felicidad, comienza a ser decreciente.

Para Aristóteles la felicidad dependía principalmente de la razón individual y, a su vez, consideraba que se necesitaba una cantidad moderada de bienes exteriores y afectos humanos. Comprender que el bienestar económico no es necesariamente sinónimo de felicidad es el primer paso dado en la dirección correcta.